Carla se sentía nerviosa al cruzar las puertas del Centro con su hija de ocho años, Valerie.
Esta pequeña ya había pasado por mucho, y ahora estaba allí para una entrevista forense, un proceso que le exigiría relatar recuerdos dolorosos. Carla no sabía qué esperar, pero sabía que este era solo el primer paso de un largo camino por delante. Lo que lo hacía aún más abrumador era la barrera del idioma. Carla y Valerie solo hablaban español, y le preocupaba que, una vez más, no las entendieran.
Cuando entraron, una mujer se acercó con una cálida sonrisa.
"Hola, bienvenidas Carla y Valerie. ¿Cómo están hoy?"
Carla sintió un gran alivio. Era un saludo sencillo, pero para ella lo era todo.
La mujer los condujo arriba y le entregó a Carla un formulario en español. Mientras tanto, Valerie fue guiada al área de juegos, donde ella y la mujer se sentaron a pintar. Carla sonrió al oírlas charlar sobre los colores favoritos de Valerie.
Al poco tiempo, se acercó otra mujer —esta vez, una consejera de crisis— que también saludó a Carla en español y la invitó a sentarse en una sala privada. Al cerrarse la puerta, sintió un peso enorme. Carla rompió a llorar al aflorar todas las emociones que había estado reprimiendo: el miedo por su hija, la incertidumbre del proceso y la frustración de no ser comprendida.
Antes de llegar al Centro, Carla se había encontrado con muchísimas situaciones donde nadie hablaba español. En cada ocasión, sus inquietudes y preguntas —su voz— se perdían en la traducción.
Pero aquí fue diferente.
La Consejera de Crisis escuchó con paciencia y la consoló. Explicó cada paso del proceso y respondió a todas las preguntas de Carla con serenidad y seguridad. La tranquilizó aún más, haciéndole saber que la Entrevistadora Forense que trabajaba con Valerie también hablaba español. Luego, preguntó qué más podía hacer el Centro para ayudar: qué recursos necesitaban Carla y Valerie para sentirse seguras y apoyadas.
Cuando Valerie terminó su entrevista, Carla fue conducida de vuelta al área de juegos, donde la mujer que la conoció le entregó un osito de peluche de su color favorito. Antes de irse, la Consejera de Crisis le dio a Carla una pequeña bolsa llena de artículos esenciales que ella había mencionado que necesitaba: champú, acondicionador, gel de ducha, pasta de dientes e incluso un vestido nuevo para Valerie. Carla tuvo que contener las lágrimas.
Por primera vez en mucho tiempo, se sintió vista, escuchada y verdaderamente comprendida.
Una semana después, la consejera de crisis la llamó para saber cómo estaba y ofrecerle apoyo continuo. Carla apenas podía creerlo. Lo que antes parecía un camino imposible —buscar justicia y sanación para su hija— ahora parecía estar al alcance.
*Nota: Carla y Valerie son seudónimos utilizados para proteger la identidad y privacidad de las personas en esta historia.